Respétame, que tengo apellido extranjero

Respétame, que tengo apellido extranjero

De siempre, los mexicanos hemos sentido reverencia por todo lo que venga de fuera. Si nos dieran a escoger como nacer, todos tendríamos ojos azules, mediríamos casi dos metros  y nuestro apellido  sería alemán.
Pero como no es el caso, optamos de perdida por ponerle un nombre raro a nuestros hijos. La otra cara de la moneda sería entonces tener un apellido poco conocido. El non plus ultra de los mexicanos bien nacidos son los apellidos compuestos. Eso genera en automático clase.
Puede ser que el bisabuelo de tu bisabuelo haya llegado a este país escapando de la ley en su país de origen, eso es lo que menos importa. Lo que importa es el hecho de que te haya bendecido con un apellido que escapa al común de los mortales.
Tú no eres Juan Pérez. Eres Juan Pérez Lombardi de la Corcuera. Aunque no tengas donde caerte muerto, y el Pérez sea un apellido genérico del cual abominas, la segunda parte de tu nombre te hace poderoso. Jamás firmarás como Juan Pérez, eso no es chic.
Firmarás como J.P. Lombardi de la Corcuera. Tú que tienes la culpa de que tu padre sea un tipo que haya optado por ponerte un nombre tan común, que el directorio telefónico tiene más de 200 Juan Pérez solo en tu colonia. Te hubiera puesto Gianlucca  Giacomo, o ya de perdis Iñaki.
Prendes la televisión y te das cuenta que el gordo asqueroso que vive de contar chismes de los famosos no usa su apellido proletario, sino el Bisogno. Ves los noticieros y te das cuenta que para triunfar en la vida la inmensa mayoría se ha añadido apellidos nice.
Es una jungla, y depende de cómo suene tu nombre es como te tratan. Existe también en famoso fenómeno del blanqueamiento de apellidos, tan común en nuestro país. Hace sólo dos generaciones tu abuelo era la rata más grande del sistema político. Ahora, que te apellides Elías Calles o Díaz Ordaz te da un pase en automático al jet set. Las revistas Hola, Caras y etc. Te harán reportajes vacacionando en las playas más exclusivas disfrutando del dinero de nuestros impuestos.
Algunos optarán por casarse con extranjeras para que de perdida con el segundo apellido, sus hijos intenten borrar el pecado original de haber nacido en México.
Ya tus hijos no solo serán Elías Calles, ahora serán Elías Calles Hunter-Smith.  No hay nada más placentero para un mexicano que otro mexicano le pregunte si es extranjero. Para ello fingirás un acento que no tienes y explicarás como perdonándole la vida que sí eres mexicano, que tus padres estaban de vacaciones visitando Atotonilco el bajo, buscando algunas artesanías para llevar de recuerdo y que a tu madre se le vinieron los dolores de parto allí.
Y que al igual que tú, cuando andas esquiando, tus amigos se sorprenden de escuchar que eres mexicano, porque aunque seas moreno y de ojos rasgados, te defiendes  de esos pequeños accidentes genéticos asegurando que tienes antepasados japoneses y del sur de Italia, o ya de jodido, Libaneses o Andaluces.
Y como nos encanta la simulación, decimos de los dientes para afuera, ¡viva México cabrones! Aunque nuestra mente esté pensando como chingados llegamos a parar a este país nopalero.
En fin.

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