En algún lugar de un continente desdichado, hay dos pueblos compartiendo en armonía e indudable co-dependencia. Por un lado un pequeño asentamiento alcanzado por la tecnología, pero adornado por la templanza, donde radica comunidad paradisíaca, y  el hábito lector no es marca sino tatuaje en cada habitante. Ahí, hablando de las nuevas generaciones, la fiebre por devorar el libro se antepone a los impulsos efervescentes de la adolescencia cruel.

Después de años tratando de inducir la lectura en la ciudad contigua, se decidió, mientras lograban encontrar el camino correcto para fomentar tan importante costumbre, identificar y sustraer a los interesados por las letras desde muy pequeños.  En un acto trágico, pero hasta hoy bien aceptado por ambas partes,  los lectores más nóveles  suelen ser secuestrados desde la infancia o adolescencia y llevados a sobrevivir en esa isla de la perfección sin más tarea que la lectura diaria y el estudio constante. En ese pueblo donde una preocupante adicción es la de  universos comprimidos en píldoras de cien a quinientos páginas y los más pequeños  corren por los ríos, suben a los árboles a leer, podemos ver alrededor de sus aguas autores de superación personal y espiritismo yendo y viniendo entre las dos tierras, sufriendo la soledad de “Volar sobre el pantano”, pensando seriamente en el suicidio.

Desde hace varios años abunda la inconformidad hacia el Estado, que gobierna ambas entidades, siendo la mayor preocupación la deplorable situación de los vecinos. Ahí, adultos y jóvenes,  junto a los expertos y escritores, hablan, escriben, gritan, lloran afligidos por ese otro cosmos, sobre poblado y  jamás auto suficiente, violento, minado de fosas putrefactas-bombas a los pies, donde las letras sucumben ante la novedad virtual, la “doble palomita azul”, la elocuencia del MEME, el estímulo constante, las noches largas, las risas cortas y las pantallas-paleativo o el rumor-placebo.

Fue una tarde normal de  clima templado y sol tenue que daba luz suficiente para la amena lectura. Todo parecía un domingo más, cuando un joven, en esa edad difícil de identificar, quizá dieciocho, tal vez veintitrés, indudable soldado de aquella tierra enemiga del lector, cruzó la barda y sordo, sordo como su tierra lo ha hecho, ignoró las advertencias de sus vecinos dirigiéndose a un público reducido sacándolo  de sus sillones, dinamitando con su voz el buró donde reposa la lectura nocturna, cortando la inspiración del transporte público y apagando con su insolencia el aparato donde los PDF`s se reproducen, haciendo a todos, que pasaron de gozosos dominicales a víctimas,  aglomerarse a su alrededor.

“¡Tengo motivos para que nos dejen vivir en paz, lejanos a su interés de pervertirnos! “ Y con una fluidez y retórica extraña  que hizo dudar a los más instruidos del origen de aquel individuo, pensando que quizá era un desertor desgraciado, un decepcionado anarquista, dejó mudos a los parlanchines y atentos a los dispersos.

“Su soberbia nos relega, su templanza, nos abruma-” dijo, mientras subía al punto más alto de aquella metrópoli, una formidable biblioteca, y desde ahí capturó todas las miradas. “Vengo armado con la voz de un pueblo que calla diariamente la represión de un sistema injusto, una sociedad que  ya no puede con la loza de su interés por manipular nuestra mente, induciéndonos a la nulidad de los placeres, llevándolos a las letras, sodomizados al libro. Así que hoy, con el hambre de mi gente y sobre todo de mi generación, comenzaré dejándoles claros nuestros derechos que ignoran reiteradamente, derechos que muy pronto deberán hacer valer. El primero y el más claro, el de la libertad:

Nosotros los jóvenes no queremos leer más. Somos víctimas de una formación guiada por sus mentes egoístas, que nos hacen vivir sujetos a un pupitre y sólo atentos a salir de clases, a liberar el cuerpo, a dormir, a comer, hacer lo que nos plazca. Luego en la televisión, dulce néctar de la rebeldía, aparecen anuncios que dicen que hay que leer ¡Y hasta se atreven a decir cuánto!, que veinte o treinta minutos al día, y las madres, que en su vida han leído  algo más que la revista o el recetario, nos gritan que para ser “alguien” en la vida hay que leer, porque eso dicen los que sí saben, ustedes, malditos déspotas.

Continuando, como segundo punto y medular, íntimamente ligado, se nos reitera  desde pequeños que la escuela es lo más importante que hay, una disciplina indispensable si un día queremos dar de comer a nuestros hijos. Hay matemáticas, ciencias, historia, ¡hasta la geografía de países que nunca visitaré! Ahí nos hacen leer historias aburridas, leer en voz alta, leer para comprender, leer para resumir, leer y leer. ¡Y todavía  se atreven a hablar del placer de  hacerlo a todas horas! ¿Cómo ser estudiantes, vivir las horas de tarea y todavía tener el ánimo intelectual de digerir la palabrería de historias ficticias o reflexiones absurdas de  intelectualoides como ustedes?.

En tercera instancia, ya en la relajación, después de soportar la escuela, los bombardeos por la lectura y los ejercicios sin fin, una vez inmersos en las redes sociales, nuestro medio de contacto, la amena comunicación, el esparcimiento seguro donde podremos reírnos de los hechos cotidianos e informar nuestras acciones permanentes y perentorias, ¡Todavía tienen que llenarnos de información, de cifras, de opiniones y de artículos de miles de palabras! Y si los bloqueamos, si los ignoramos, “somos los culpables del estado que guardan las cosas”. Ni siquiera en ese mundo hecho para informar al otro de nuestra banalidad, pueden dejar su supuesta inconformidad y reflexión. ¿Dónde está nuestra inconformidad hacia ustedes? ¿Qué no merecemos no leerlos más, al menos ahí, en medio del Hashtag y el Post?

 

Además, tenemos un cuarto derecho infalible, más notable que el de la libertad, el estudio y el uso del internet: El esparcimiento físico. Sí, quizá la afición por las redes sociales no impulsa el despliegue corporal, pero tampoco la lectura, es más, mucho menos la lectura, socio inapelable del sedentarismo, donde ustedes pueden pasar horas sin hacer nada y todavía coger otro autor, otras páginas, otras historias sin sentido. No, nosotros queremos presencia, condición, aspecto: buen estado de un cuerpo que merece el placer del buen alimento y el descubrimiento de la sexualidad, que a duras penas eso nos queda. Así que vamos al gimnasio, corremos, hacemos deporte, esa es nuestra vida, una vida no compatible con la desgracia de las letras, las pastas y su labia infinita.  Nuestros amigos inteligentes, los gadgets, nos acompañan, nos dicen qué hacer, nos preparan ¡Y hasta se sincronizan con las redes sociales! ¿Qué puede hacer un libro por nuestra condición física?

¡Y todo lo anterior sin hablar de nuestras humildes condiciones! ¡Si apenas nos alcanza para comer, mientras ustedes acaparan los recursos,  el río donde se acuestan en la hamaca a perder el tiempo en la lectura! ¿Piensan que para nosotros es sencillo gastar doscientos o trescientos pesos en un libro? ¡No tenemos con qué! El sistema es injusto y no por lo que dice su palabrería, es injusto por lo pedante de quienes se sienten por encima de otros sólo por el hecho de llevar un libro bajo el brazo.

Además, traigo conmigo los testimonios que consolidan mi sexto argumento: La lectura no es sencilla, es pesada, abrumadora y, fuera de algún autor sencillo como mi vecino Carlos Cuauhtemoc y Paulo, somnolienta. ¡La Vox Populi dice que la lectura es algo opuesto a nuestro sistema natural!” – Comenzaron los gritos de rechazo, que reprimidos por varios minutos urgían de salir ante las tropelías pronunciadas- ¡Fuera, Fuera! ¡Éste es un loco que ha leído más de lo que dice y viene a llamar una atención que le falta!

“¡Callen! ¿Ven lo que les digo? ¡Su intolerancia ejemplifica mi postura, el lenguaje y conocimiento no es exclusividad de su arrogancia! Ese es mi séptimo argumento y quizá el más claro. Dejo de lado el tedio de la lectura y su incompatibilidad con los organismos de nuestra especie, les hablo de que también la televisión instruye y la vida enseña. La calle, el hambre, el trabajo, la Universidad de la vida, la sabiduría popular, el cine, las charlas, todo ese bagaje cultural que los enemigos de la ignorancia y detractores de un sobre valorado hábito tenemos, sin necesidad de perder el tiempo, con la solvencia de vivir, ¡Vivir!.

Pero ya no me queda más que retirarme. Sólo les diré que éste es el comienzo del fin de su reinado. A partir de aquí, este primer grito desesperado, la revolución comienza. Cientos de argumentos más se esgrimirán, junto a las armas que nos llevarán a controlar este mundo de riquezas, pues hemos entendido que somos más, que es nuestro tiempo,  ¡Venceremos! > – La población lectora ya estaba de pie, molesta, con libro en mano, dispuesta incluso a perder esos tesoros para matar de cañonazos literarios al soez detractor  “Unas injusticias que han sido sembradas por su gente, por los políticos que corresponden a su misma especie desalmada y arrogante”. Y con esa frase, ocurrió el acabose.

Mientras el joven bajaba, centenares de libros impactaron su cuerpo. Cayó al suelo, y sin saber cómo, aturdido, se encontró con la posibilidad de huir. A su mano  derecha había un libro, una casualidad, un título: “El arte de la guerra”. Lo puso junto al que ya iba el su mochila: “Aprenda a hablar en público” y se fue, dispuesto a sufrir a leer en secreto esas enseñanzas para dar pie a su revolución, porque como había leído en “El Principe” de Maquiavelo, “El fin justifica los medios”.

Cristian Vázquez
Miembro de Pluma Joven, A.C.
y estudiante de psicología y derecho.