Respuesta a Marcel Duchamp

Respuesta a Marcel Duchamp

Por Jorge Postlethwaite
Por fin quisiera hacer mi movida contra Duchamp (albur intencionado por ser, aparte de uno de los pioneros del arte conceptual, un ajedrecista consumado).
En 1917 Marcel Duchamp soltó una bomba que causó tal impacto en el mundo del arte que en mi humilde opinión no se ha recuperado. Su “Fuente” sigue causando reacciones polarizadas.
Algunos sienten que su ingenioso “ready-made” es una de las grandes aportaciones al s. XX , un parteaguas. Otros que no tanto, que más bien colocó el último clavo en el ataúd del arte. Otros quizá digan que su pieza fue una osadía indignante, una mofa, un insulto, que le escupió en el rostro al mundo del arte. ¿Quién tiene razón?
Cuando pienso en esta disputa y el tema espinoso del arte, siempre termino igual de  perplejo ante el acertijo Duchamp. Porque finalmente lo que se atrevió a hacer fue plantear la pregunta (una pregunta filosófica y quizás subjetiva): ¿Qué es arte?
El foco de atención se dirigió inmediatamente a los curadores y museos. Nos hizo cuestionar el rol de los  promotores e instituciones del arte. Como un moscardón (un Sócrates esteta) dejó su huella en nuestra conciencia colectiva, por tener la audaz inocencia de preguntar: ¿Por estar dentro de un museo se convierte en arte?
Esta discusión trillada revivió en mi pantalla cuando vi la entrevista de Charlie Rose con Richard Serra,  un escultor famoso. El entrevistador le preguntó a quemarropa:
 —¿Qué es arte?
Charlie Rose colocó una hoja de papel encima de un vaso de vidrio y una taza de cerámica, lo que tenía enfrente, y le preguntó a Serra:
—¿Qué ves?
—Un puente —contestó Serra.
— ¿Pero es arte?
— Si tú dices —reviró el artista.
Me agradó la justificación que dio Serra a su respuesta: debemos darle el beneficio de la duda a los artistas, o sea, no ser tan escépticos hacia lo que hacen. Porque la unnamedencrucijada en la que nos metió Duchamp hace décadas precisamente tiene que ver con el nivel de nuestro cinismo. El escepticismo desenfrenado de un público al decir o pensar que el artista le está tomando el pelo se ha desbocado al grado de crear un gran prejuicio en la mente de los espectadores o visitantes de museos. Comentarios como: esto lo puede hacer un niño de cinco años, o peor: esto hasta yo lo puedo hacer. Por eso lo descalificamos como “arte”.
Es difícil marcar la raya entre lo que es o no es arte. Ni los críticos y artistas se ponen de acuerdo. Lo que me parece importante, no obstante imposible de medir, es la intención del artista (eso fue lo que le entendí a Serra). Debemos otorgar el beneficio de la duda (mi propósito de año nuevo, dicho sea de paso) y entretener la idea de que  la intención del artista es genuina y seria su propuesta. Entonces, no creer de entrada que se trata de un charlatán advenedizo.
 Quizás por eso muchas obras de arte contemporáneo se han enfocado más en el discurso que en la obra, per se. Ahora el público espera que el artista justifique su obra con argumentos. ¿Será para combatir el cinismo con el que nos inoculó Duchamp?

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