Lo que hacía falta: otro homenaje a Ibargüengoitia

Lo que hacía falta: otro homenaje a Ibargüengoitia

Por Jorge Postlethwaite

A Ibargüengoitia, que luchó contra los indolentes

Son tantos los honores a Jorge Ibargüengoitia últimamente que uno más en el aluvión supongo que no puede lastimar a nadie. Espero. Entre tanta mención de su aniversario luctuoso, no pude resistir la tentación de rendir homenaje a uno de mis héroes literario.  Me atrevo a decir que todas las generaciones de escritores mexicanos posteriores de alguna manera están endeudados con él. Y como lo que se celebra es su muerte, también pensé que era el momento ideal para unirme a un festejo que seguramente él encontraría bastante irónico.

Su muerte fue trágica y temprana; murió a los cincuenta y cinco ( o cincuenta y seis creo), una edad demasiado joven para cualquiera, pero en particular para un escritor que seguramente tenía mucho qué escribir y decir; se quedó tanta luz suspendida. Dicen que cuando falleció, trabajaba en una novela situada en la ocupación francesa, o sea en tiempos de Maximiliano (titulada tentativamente Isabel Cantaba). Nos perdimos de la novela. Nos quedamos sólo con un probable título sugerente,  que sin duda alguna iba a ser tan hilarante, brillante, y exhibir la calidad de sus demás obras. Es una lástima que el manuscrito no sobrevivió. El único borrador lo llevaba en el avión al desplomarse sobre Madrid. (¿Por qué no le tocó vivir en tiempos de Google Documentos o iCloud?).  Su muerte fue tan espectacular, trágica, y conmovedora como su propia vida y obra. Como dicen los gringos: He wen’t out with a bang!

Su estilo conversacional y franco por un lado, irónico y mordaz por otro, sirvió para retratar al mexicano como nadie más se había atrevido o podido: sin piedad, con una honestidad brutal y fría. De esa fría puñalada brota sangre caliente. Tuvo la gran capacidad de reírse de sí mismo, al reírse de la sociedad contradictoria y compleja, cuando no patética que nos caracteriza.  Su risa, la carcajada que provoca, es única en el mundo de las letras, porque es producto de un cosquilleo intelectual y visceral muy incisivo y oportuno. Como el mejor de los comediantes, su timing era impecable.

La risa prosigue la reflexión oportuna.  Reír es la etapa final, el clímax, de un proceso que muchas veces puede ser doloroso o una situación complicada. Ibargüengoitia  tuvo una audacia inédita, su valor yace en la capacidad extraordinaria de observarse a sí mismo desde afuera, a través de un cristal crítico y severo. Decir que se burlaba de todo mundo es simplificar su talento y obviar su obra. Se burlaba sí, pero en realidad muestra también un profundo afecto por su objeto (o tal vez estoy siendo demasiado romántico). No se trataba de una burla maliciosa sino compartida; él era un cómplice del México disfuncional que documenta. Se reconoce dentro de la idiosincrasia mexicana. Así como atacaba a las instituciones, políticos, empresarios y gobernantes, también se burlaba de sus propios defectos. Autonombrándose flojo, ignorante, cínico, frío, desconfiado, tramposo. Y por lo mismo más humano.  Aunque tal vez lo último era una caracterización que utilizó en sus cuentos para lograr el efecto cómico, como dice el adagio entre broma y broma, la verdad se asoma. Encuentro una modestia y sinceridad en sus escritos, cuya resonancia no deja de conmover. Amén de saber utilizar lo anterior como recurso cómico que produce abundantes cosechas e hilarantes resultados.

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