El Bullying que no es Bullyng, la clase que no es media y el talento.

 “La mitad del daño que se hace en este mundo es obra de individuos que quieren sentirse importantes. No se proponen hacer daño, pero el daño no les interesa. O no lo ven o lo justifican porque están enfrascados en la interminable batalla de pensar bien de sí mismos” T.S. Elliot

El bullying como fenómeno mediático se ha introducido en nuestro vocabulario común, como una tormenta que se lleva los conceptos cotidianos y nos hace relacionar experiencias del pasado y presente a su cauce: Toda violencia es, nada se le escapa. (Inserte aquí los traumas de la infancia y culpe al Bullying de sus inseguridades. Búrlese de su vecino y hágale Bullying un rato. Si ya le aburrió el texto, hágale Bullying y déjelo de leer).

Pero ni todo es Bullying ni el Bullying es todo el repertorio de calamidades que aquejan al desarrollo intelectual y psicosocial del niño y joven. Recurriendo a la siempre oportuna wikipedia, el “acoso físico o psicológico que somete de forma continuada un alumno a su compañero”, abarca las acciones del niño robusto que roba el lonche, hasta los grupos de adolescentes que maltratan a otros por el simple hecho de imponerse. Es, en su interpretación al español, un “acoso escolar”,  fenómeno que cerrado al aula convierte a la institución educativa en el infierno y a los docentes en los mayores culpables de permitir en su descuido, una tormenta demoniaca de maltratos y burlas.

¿Pero, realmente de dónde surge el infierno?. Mucho se ha escrito ya de este fenómeno y tanto más se continuará escribiendo, sobre todo al considerar que, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México tiene el más alto índice de acoso escolar en una escala internacional, ascendiendo al 44.27% de alumnos de educación básica (26 millones 12 mil 816 ) que dicen haber sido víctima de violencia. (Si esos dicen, ya sabremos cuántos más han de callar).

Si de las causas cotidianas hablamos, ya quitándonos la estela de pesadez de semejantes cifras, podríamos mencionar que las tortas robadas están buenas y se les antojan mucho debido a la mala alimentación nacional, que los niños no se saben defender, que los maestros no imponen disciplina, o que la violencia que emana de las calles es, simplemente, el aire que profana y pervierte a las aulas, como un veneno de herencia mexicana que forma y deforma a nuestras nuevas generaciones. Asegurar, como cliché del pobre y orgullo del casi pudiente que en “las instituciones privadas no ocurre eso” porque ahí “hay otro tipo de niños”, siendo más complicado comprender en esa interpretación esquematizada, juiciosa y por supuesto liberadora, nos encontramos en un fomento sutil e inmediato, negándose de la responsabilidad que se tiene de las actitudes de violencia –aún más, las de soberbia y falta de empatía- que aquejan a nuestra sociedad y no sólo al aula de clases.

Pero volvamos a ese oasis del sistema de educación particular. Viajemos a una institución donde, desde una módica “Colegiatura” de 2,000 pesos al mes (o tres, cinco o diez veces más), te garantiza a través de un anuncio espectacular estar “Libre de Bullying” y la secretaria, amable y de discurso robotizado, de cabello rojizo recién pintado y arrugas disimuladas por cremas de alguna empresa piramidal, dice que ahí nunca ha habido golpes o groserías por condiciones particulares del niño. Se abre la cartera y ¡Magia! ¡El Bullying ya no existe!.

Es en ese mismo contexto, el de la clase media “Si se puede” (dícese de la familia que le debe al banco la mitad y la otra mitad va para la educación de sus hijos), donde encontramos un grado de “acoso escolar”, que por una particularidad (no menos grave que la violencia de una primaria pública, donde la sangre y el polvo también representan un modelo de hogar) se vuelve una ironía del estatus cotidiano: Lo que tienes, lo que no tienes y lo que puedes hacer, son un arma natural y toda arma, por su peligro al otro, es símbolo de agresión segura.

Ya no hablamos del Bullying tipificado, ese 44.27%, sino además, (porque reitero, no queremos olvidarlo), del lastre de los talentos y las virtudes. El talento o la habilidad, ese cáncer de la envidia  que se arropa de los niños y adolescentes de nuestra sociedad y que si logra sobrevivir hasta el Bachillerato o Universidad, será sin duda una excelente manera de generar amistad, afinidad, relaciones y hasta éxito profesional, pero tan difícil de sobrevivir en el mundo del –No- Bullying cotidiano.

Pongámosle nombre al niño que acaba de entrar en la escuela libre de Bullying, novedad del universo. Un regordete introvertido de tercero de primaria, que dado su condición física y maltrato posterior fue sacado de la escuela del barrio y llevado al Edén de la colegiatura. Manuel, a quien le gustan las matemáticas tanto como las hamburguesas del recreo y que nunca había tenido la seguridad de compartirlo por temor a la violencia física, disfruta de pasar al frente a realizar sus problemas y de contestar cuánto es tanto por tanto. De pronto, el pequeño Federico, alumno promedio de 9 eterno (como casi todos en esa institución, donde todo está bien, pero nunca se exceden), comienza a explotar su capacidad para los apelativos matemáticos, combinando las palabras  “numero”, “calculadora”, “cerebrito” y “nerd” entre sí, para bautizar diariamente con un nombre diferente al pequeño Manuel.

Incluso el maestro de matemáticas lo empieza a ver distinto. Ya está harto de que siempre entregue los trabajos primero, de batallar  para  encontrar la forma implicar un reto mayor para él, de no poder hacerlo participar como a los demás. Le pide que guarde silencio, y  que deje de pasar al pizarrón. Comienza a verlo con ojos de gracia. “Que pase Manuel otra vez, o mejor no, ya no, él lo sabe todo”. “Mejor que Manuel dé la clase” y los compañeros, que pretexto quieren,  hacen eco alrededor. Ahí no hay Bullying, “si hasta hay motivación”.

Y así, en el transcurso del tiempo, Manuel hace de las matemáticas una herramienta académica cotidiana, un diez habitual y un ejercicio diario, aunque no un modo de vida. Del Manuel potencial que se sintió con el valor de explotar su talento y soñar con alguna película de geniecillos que resuelven problemas o series de científicos extraordinarios,  a un Manuel que estudiará una Ingeniería y vivirá feliz para siempre en el mar  de la tarjeta de crédito, la comida rápida los hijos en Colegios particulares.

Ahí, en lo “Poco oportuno de la oportunidad”, en la crítica al niño que habla demasiado y que quizá un día pudiera decir más que ningún otro y mejor que nadie, en el “control de la obsesión”, en el “exceso de participación”, en la envidia inconsciente y natural de un niña, nunca permisible en un adulto responsable, se nos van muchos de nuestros futuros genios de la sociedad, sin haber podido probar tan solo un ápice de su genialidad.

Nunca olvidaré las palabras que hace una semana dijo mi hermano, en alusión a la presentación de su libro en la secundaria donde se acaba de cambiar: “No quiero presentarlo. Hacerlo en mi nuevo grupo sería “la muerte”. Si ya de por sí me dan mucha carrilla por el Tae Kwon Do. Prefiero ser una persona normal.”

Lo bueno es que no padece Bullying, porque si no, les daría unas buenas patadas.

Cristian Vázquez
Estudiante de Psicología y Derecho
Pluma Joven, A.C.

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