El barco de “Hasta la madre” y el crucero del “Todos son iguales”.

0

Apatia-electoral_LNCIMA20160107_0002_3

Mucha gente no quiere saber nada que huela a lo que ellos entienden como política. Nada de elecciones, ni de gobierno, ni de discursos, informes, referendums, firmas, hashtags, memes y artículos bonitos. Ni del candidato trajeado que tiene proyectos claros para incentivar el desarrollo económico, ni del funcionario que le ofrece el nuevo programa que -ahora sí- nos traerá el desarrollo, ni del prospecto a gobernante gritón y carismatico que canaliza la ira contra lo que lleva décadas en el poder.

Acá, desde la comunidad del facebook, pensamos que cada vez más personas se involucran de alguna u otra forma, al menos desde el rechazo y gustan de hablar de que más de la mitad de la población está unida por una especie de status quo contra el sistema. Hasta le llaman “hartazgo colectivo”. Pero allá en la calle, el hartazgo ha evolucionado, e incluso, nació así fruto de una inercia hereditaria. A los que están dentro de la jugada les gusta denominarle apatía, otros le hermanan con el abstencionismo y en los últimos años se enlista la “participación ciudadana”, como un canon ideal para hacer partícipe a todos esos habitantes, que algunos se atreven incluso a no llamar “ciudadanos”. Esos mexicanos que ven trajes bonitos, frases bien hechas, eventos en horarios que para ellos son de trabajo (aunque implique estar “con la gente”), “informes” bien promovidos y escoltas bien formaditos. Es más, que leen artículos como este, con palabras difíciles de entender. Más de lo mismo. (Lo peor son los que creen que así como escriben, o como escriben otros más bien, le van a hablar a la gente).

Y andando por las calles, la cosa se vuelve mucho más simple que un spot en la radio lanzado por el INE en donde dice que la gente no firma peticiones y mucho menos sale a votar, que haciendo eso el mundo será mejor. Miles de personas, mexicanos por nacimiento y no-ciudadanos por conceptualización, están excluidos por completo. Un mutismo voluntario mezclado con sordera, una abstracción cotidiana. Muchos mexicanos están simplemente viviendo. Viven en casas de interés social, pero no quieren saber de gobierno. Pagan la luz y el agua cuando es indispensable y de vez en cuando se quejan cuando les sorprende un recibo altísimo, de esos que ya no iban a subir. Ven miles de espectaculares pagados de su bolsa, reciben papeles en la mano que después tiran. No hablamos solamente de ese supuesto 10% de pobreza extrema en nuestro país (en estos días en los que cuesta creerle al INEGI O CONEVAL), que a penas se las ingenia para subsistir. Hablamos de casi la mitad de la población (que también coincide con los indices de pobreza, pero no necesariamente la pobreza es causa, tal vez sí consecuencia), que ni por el milagro de las elecciones presidenciales, sus millones, sus acarreos, despensas, propuestas mágicas y candidatos guapos o con propuestas que “ni Obama”, vota, o tan siquiera reacciona.

Pero no, esto no se trata de las campañas. Es de lo más iluso comentar (que lo escuché miles de veces en las últimas semanas) que tal o cual candidato, o la gran cantidad de estos no fueron capaces de “sacar a la gente a votar”. Todavía se dice que la participación ciudadana no es solo en las urnas y nuevamente, se le pasa “la bolita” al ciudadano. Sin embargo, la desconfianza y completa exclusión del sistema, no tiene casi nada que ver con las elecciones. Millones andan por la calle en microbús y ven a todo funcionario de mediano nivel para arriba, en carros de buen modelo y mientras más se acercó este personaje a él (para pedirle el voto), mejor vehículo traen, ¡Vaya contradicción!. Hace poco leía que un Gobernador alcanza a tener hasta 100 personas destinadas a su seguridad y durante campaña, suele ser el puesto de elección popular que aspira a mayor empatía. Todos los años vemos en notas pagadas y espectaculares a funcionarios ya electos, en vez de verlos haciendo lo que millones: convivir en este contexto deplorable que llamamos país.

¿Pero qué empatia se puede lograr cuando la gente no quiere escuchar? Ninguna, o muy poca. En realidad es una lucha casi perdida, que depende mil veces más de la forma que del fondo. Seamos sinceros, la gente no quiere escuchar propuestas o programas (esto no implica que no sea labor de los aspirantes el crearlas). Está emocionalmente abstraída para escucharlas. Ya no generan la más mínima motivación. Ni siquiera podemos hablar de los candidatos que han logrado generar un vínculo emocional (y no solo los independientes), como el panista Corral en Chihuahua (aguerrido, de discurso firme incluso al interior de su partido), el Bronco y su desparpajo vinculable con miles de mexicanos que se identifican, o Kumamoto y su look de “no rompo ni un plato”, “estoy harto como tú” y no gasto millones.

No, en nuestro país las elecciones y los gobiernos parecen funcionar, siendo optimistas, con un %55 de la población. Esa es la forma. Esa y el hecho de que sistemáticamente el otro %45 a 70% está excluido. Ni el facebook funciona bien, todavía hay quienes se atreven a criticar a aquellos que tratan de llevar una vida normal, publicar sus emociones y experiencias con normalidad si aspiran a tal o cual puesto público. Aún hay personas que relacionan el traer un vehículo humilde o carecer de èl, con una futura falta de respeto “de la gente”. Todavía hay funcionarios de mediano nivel que creen prudente traer elementos de seguridad. Alcaldes que desayunan y cenan en restaurantes caros cotidianamente, que confunden vestir con ostentar, que ¡DE VERDAD! Piensan que pasarsela en eventos y entrevistas les va a trar votos. Repetir en todos los medios posibles que están en donde la mayoría de la población nunca estará, les hará generar confianza.

Mucho de esto es un problema de forma y  los que sí nos interesa “la otra cara de la moneda”, creemos que es de fondo. Todavía nos atrevemos a hablar de “populismo” y desentrañar el concepto. La gente no quiere saber si es populismo o no. Ni va a motivarse por un solo candidato o funcionario. Algo hay que hacer para que la forma cambie, claro, a la par de estos análisis conceptuales e intelectuales. Algo hay que hacer para que candidatos y gobernantes no se abstraigan y automáticamente abstraigan a todos los demás. Algo hay que hacer para dejar de juzgar a personajes por intentar llevar una vida normal. Para que los jóvenes que entran a un partido, llámese PRI, MORENA, PAN o PRD, se quiten la estela de mirreyes así la hayan traído de cuna. Si van a estar ahí, es su deber generar confianza. Ya, al menos, por simulación, con fe de que un día se vuelva realidad. Porque si la forma no genera empatía, por más buenos proyectos, por mejores ideas, seguiremos navegando con un barco cargado a menos de la mitad. Y eso le conviene a los que pueden pagar más a la tripulación. Urge cambiar el chip, ser cotidianos, comunes, ajenos al derroche, a la verborrea en el trato directo, a los trajes bonitos, a la frialdad hasta en el facebook, a los eventos de pose. Urge una nueva forma a este barco en el que nadie confía y claro, si se puede, construir mejores barcos. Pero no le caería mal empezar con remozarlo, para que una vez que más nos subamos, podamos dejarlo “al cien”.

Cristian Vázquez

Comments